El Gato de Olimpia Irene Bordes

El gato

Era un día como tantos otros, el sol, empezaba a iluminar el living desde el gran ventanal que comunica al balcón.
Estábamos en silencio, Graciela sentada frente a la mesa, escribía, yo, absolutamente abstraída, estaba leyendo “El nombre de la Rosa” de Umberto Eco. De pronto, dos pequeños sonidos, desde afuera, nos volvieron a la realidad, como si fueran las risitas inesperadas de misteriosos duendes. Las dos levantamos la cabeza, nos miramos y de un salto, sin pronunciar palabra, nos precipitamos hacia el balcón, para ver qué era lo que nos había sustraído de nuestra concentración.
Allí estaban, eran dos pequeños gatitos, casi iguales, estaban jugueteando con las ramas de mis plantas y derribando las macetas, sin ninguna consideración a mis hermosas flores. Graciela, impulsada por su amor a los animales; ese mismo amor que la llevó a ser Médica Veterinaria; se apresuró a tomarlos en sus brazos. Eran irresistibles la gracia, la suavidad y la mullida inocencia de esos pomponcitos palpitantes e inquietos. Eran un dúo encantador. Los bautizamos Batman y Robin y desde ese momento se transformaron en los infaltables comensales que acudían diariamente a devorar las delicias gatunas que Graciela les servía en el balcón.
Un día, vino Robin solamente, ya habían crecido bastante y supusimos que a Batman, probablemente, lo habrían regalado ó sabe Dios, qué destino habrá seguido, lo cierto es que nunca más apareció. Sólo Robin venía puntualmente, adueñándose de la casa sin pedir permiso, entraba, recibía las caricias de Graciela, sus mimos, sus besos, sus palabras, lo que él retribuía con lamidas de agradecimiento, provocando mis más enardecidas protestas y prevenciones.
Robin fue creciendo, hasta transformarse en un hermoso gato, joven, elástico, sigiloso, estilizado. Sus movimientos semejaban una extraña danza de sugestión y misterio, sus ojos adquirieron un intenso brillo dorado y su mirada penetrante provocaba un cierto sentimiento de inquietud pues parecía llegar a lo más recóndito del alma.
Era el gato del vecindario, libre, independiente, sin lugar fijo de residencia, invasor de domicilios y altivo visitante cotidiano.
Como consecuencia natural de sus correrías nocturnas, pronto empezaron a aparecer pequeños gatitos, iguales a él, idénticos al pequeño Robin que aquél día, apareció en nuestro balcón, ellos eran pruebas irrefutables de que Robin cumplía con el impulso irresistible de la naturaleza y del instinto.
Graciela lo mimaba, lo cuidaba, le aplicaba las vacunas que correspondían, le ofrecía deliciosos alimentos y sobre todo, le daba caricias y amor, que él recibía con una docilidad increíble. Con la displicencia y el atrevimiento que lo caracterizaban, entraba al dormitorio y dormía largas siestas en la cama de Graciela, otras veces, la esperaba dormitando en los sillones hasta que ella llegaba y entonces, volvía a repetirse el intercambio de caricias y ronroneos de placer, mientras ella acariciaba su cuello.
Pasó el tiempo, un día, apareció con una herida muy profunda en la oreja derecha, producto de encarnizadas riñas nocturnas, seguramente con otros machos, en la disputa de una hembra ó en la defensa de su territorio.
Toda la dedicación del Médico Veterinario que había en Graciela, se volcó en su amado Robin que con una mansedumbre más fuerte que el dolor, soportaba las curaciones que lo llevarían nuevamente a la plenitud de su saludable belleza.
Graciela empezó a planear un viaje al exterior, sus inquietudes profesionales, la impulsaban a buscar nuevos horizontes. Fuimos madurando la idea de la separación necesaria, todo un proceso emocional y racional, fue necesario para aceptarlo y tomar la decisión de la partida.
Robin llegó un día, destrozado, con una mejilla casi desprendida, una herida que atravesaba su cara, el ojo izquierdo cerrado por la hinchazón, la infección había transformado su cabeza en una masa informe y maloliente. Vino a buscarla como un agonizante busca la esperanza, sus maullidos casi no se oían. Recibió un tratamiento de varias semanas de expectativas. Ansiosamente lo buscábamos y nos tranquilizaba el verlo aparecer para confirmar que aún seguía vivo y mejorando. Fue muy penoso pero poco a poco, se fue recuperando, lentamente. trabajosamente, como si todas las leyendas se confirmaran y siguiera atrapando sus siete vidas a pesar de todos los diagnósticos que inconscientemente yo consideraba irremediables, no así Graciela que encaraba el desafío con la seguridad, la firmeza y el empeño que le imponía su profesionalidad.
Robin había envejecido y estaba muy desmejorado, pero volvía a ser el gato de nuestro balcón, de nuestros sillones, de la cama de Graciela, de la comida servida puntualmente y de los ronroneos agradecidos.
Un día, Graciela partió y la casa quedó sin su risa, sin su voz, sin su presencia avasallante.
Como cumpliendo un tácito rito, yo seguí poniendo, como siempre, el alimento en el balcón.
Durante las primeras semanas, Robin entraba y se dirigía directamente al dormitorio de Graciela, luego venía a buscarme y mirándome fijamente, maullaba repetidas veces como preguntándome porqué no estaba
-Graciela se fue- le decía –no la busques porque no está –y entonces, como si entendiera, se iba lentamente.
Nunca olvidaré el momento en que con una súbita sensación de estar viviendo algo sobrenatural, lo sorprendí lamiendo la foto de Graciela que está apoyada sobre el aparador. – ¡Robin ¡ – grité desesperada, para espantarlo, aunque en realidad, el temor me hacía estremecer y trataba de borrar esa escena alucinante.
Volvió dos o tres veces más y se repitió la misma búsqueda y el mismo interrogante en sus maullidos. Ya no se quedaba durmiendo en la cama de Graciela, sólo la buscaba y luego se iba, lento. como agazapado y en silencio.
La comida en el balcón, poco a poco fue quedando a medio terminar. Un día lo vi, acurrucado en un lejano tapial, mirándome fijamente, expectante, como esperando ver a Graciela. No vino, no se levantó, quedó allí , inmóvil, como una enigmática esfinge.
Con el correr de los días, la comida no desaparecía, tampoco lo volví a ver. Lo buscaba con la mirada, recorriendo los techos, los balcones, las terrazas vecinas, pero no lo volví a ver nunca más.
Por la noche, oía sus maullidos, a veces lejanos, a veces muy cerca. Era el maullido de Robin, pero no el llamado del celo incitante y ansioso, ni el maullido agresivo e intimidante de la competencia dominante, era un maullido especial, raro, como una llamada alargándose en el silencio.
Una noche me despertó, sobresaltó mi sueño, esperé, escuché una, otra vez, el maullido se oía en el balcón. Ansiosamente fui y abrí la puerta, pero el balcón estaba vacío, sólo la luna iluminando las macetas como si quisiera adornar mis flores con collares de plata, me miraba sonriendo.
Nunca más volvió, nunca más lo volví a ver, pero en la noche, su maullido se sigue oyendo, lastimero, prolongado, doliente, como un llanto

Olimpia Irene Bordes